Portomarín-Mato-Casanova
Dejamos Portomarín y el Miño cubierto de niebla. Caminamos por un camino neblinoso y húmedo acompañados por la vegetación enloquecida de esta parte del mundo. Tengo los ojos llenos de vegetación, llenos de mundo. Esta es la riqueza del camino. Llenarme los ojos de mundo, salir de mi mundillo cotidiano y repetitivo, maquinal casi. Ver que otras vidas son posibles y que también la mía puede ser diferente. Encontrar la felicidad en el movimiento. Darme cuenta de que la vida es movimiento y cambio. Que la riqueza está en el cambio y que el estatismo es la muerte en vida.
Caminar aunque duelan los pies porque el alama y la vista gozan. Goza la piel con el tacto de la niebla impalpable, sentirme niebla, agua como yo. Soy agua, hierba, helechos, robles arropados de hiedra, piedras vestidas de musgo.
Los perros bostezan y he aprendido a hablarles si me ladran y me mueven el rabo y se enroscan a mis pies.
Mi perro ...... le echo de menos.
Veo casas en las que me gustaría vivir. Casas rodeadas de robledales y prados sembrados de lajas de pizarras en hileras como megalitos prehistóricos. No puedo parar. Quiero ir al fin. Donde hasta hace 5 siglos se acababa el mundo conocido.
Mato-Casanova, un albergue entre dos pueblecitos de cinco casas cada uno en un entorno de cuento de hadas. Gente áspera, gente acogedora también. También gente afectada de autismo cultural. Mi fuente se ha abierto. Saludo a todo el mundo con mi mejor tono de voz. Me saludan. Es una comunicación mínima pero necesaria para mi.
Juan Carlos supera su dolor de ampollas y camina como un león a mi lado. Hemos encontrado el ritmo común de caminar. Bebiéndonos los repechos del camino, frenando las cuestas abajo, navegando los charcos, chapoteando el barro.
Más que caminar, volamos.
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