Olveiroa-Fisterra Ultima etapa de mi peregrinación pero no la última entrada de este blog
Olveiroa es el pueblecito con más hórreos que haya visto en Galicia y también con el mayor número de perros vociferantes por las calles. Esta ha sido una constante en la última etapa. Además de con Rudolf, en el albergue, coincidí también con un joven americano que hacía la ruta de Fisterra a la inversa, desde Fisterra hacia Santiago. Este chico me advirtió que en la etapa que haría al día siguiente encontraría en un pueblo cercano unos cinco perros liderados por mastín gigante. Saber lo que nos depara el futuro nos puede ayudar para prepararnos para él pero, también corremos el peligro de ir anticipándolo constantemente. Esto es lo que ocurrió a mi. Tengo miedo a los perros. He aprendido a comérmelo para que no me coman. Sabía que encontraría los perros que me dijo el americano y los iba escuchando donde no estaban, esperando donde no vivían, dibujando sus siluetas en zonas del camino en las que a lo mejor no habían estado nunca.
El día me regaló un catálogo de fenómenos climáticos, granizo fino y granizo grueso, lluvia a cubos y delicada, sol repentino y aplastante, ráfagas de viento de todos los colores y olores. Al pasar por un pequeño pueblo sonaron los ladridos. Un chihuahua ladraba desde una terraza y otro de tipo cazador desde un cercado. Un perro mezclado con pequinés se me acercó curioso y cuando estaba pensando que no era para tanto un mastín grande como un burro salió de entre dos coches, dio dos ladridos que me estremecieron y se echó en el suelo. Me quedé pensando en lo valido de las experiencias ajenas para uno mismo. No siempre nos ocurre lo que les ocurre a otros ni el peligro nos acecha donde a otros les acechó.
Después, más Galicia quemada y al pasar el cruceiro Da Armada ..... el mar y al fondo ..... el fin del mundo.
La bajada a Cee es una bajada pedregosa. Mis pies están fuertes a pesar de haber sufrido lo que han sufrido. Cee y subir la colina de Corcubión y una impresionante bajada que me llevó a la playa de Langosteira donde el mar lamió de mis botas el polvo de todos los caminos que llevaban mis pies mientras dos mujeres me observavan esperando asistir al baño ritual de los peregrinos en el mar del fin del mundo, que no hice.
Llegué a Fisterra y me tomé dos coca-colas seguidas mientras abrían el albergue. Llegó la hospitalera y también Rudolf que me pidió que cenará con él y bebiéramos después orujo de hierbas, era la última jornada de su periplo de 4 años desde Holanda.
No quise hacer ningún ritual. Mi ritual ha durado cuatro semanas y un día. Mi ritual ha sido caminar. Caminar con dolor, con placer, solo, acompañado, con lluvia, con sol, con miedo, lleno de felicidad, con mis pies, con todo mi corazón. Mi ritual ha sido mi esfuerzo y acabó allí. No necesité hacer nada conclusivo. Hubiera sido bonito hacerlo pero no lo necesité y no lo hice, o sí, me metí en un bar al lado del faro y me bebí dos whiskys con coca que me supieron a gloria bendita. La camarera me preguntó si venía desde muy lejos. Desde Madrid. Caramba! Si, caramba!
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